Plato corriente y la plaza de mercado – Ñapa

*Este texto fue enviado originalmente el día 05 de Julio de 2022 vía correo eléctrónico por medio de nuestras Ñapas, una revista quincenal que enviamos a las personas suscritas por medio de correo electrónico. Si quieres recibir las Ñapas puedes suscribirte en este enlace.

ÑAPA:

Parte de las pequeñas rutinas que formamos al movernos de un sitio a otro tienen que ver con la búsqueda de espacios donde podamos entender el movimiento de una ciudad, aquellos lugares donde las personas locales se relacionen de forma natural y uno como extranjero pueda pasar desapercibido; siempre nos ha encantado encontrar esto en plazas de mercado.

La cultura latinoamericana se centra en la comida, los productos y las personas. En la gran ciudad de Bogotá es igual, las plazas de mercado son el alma del barrio y todo fluye alrededor de estas; particularmente esa fue nuestra experiencia en la Plaza de Mercado 7 de Agosto en el barrio que tiene el mismo nombre.

La cuchara Ana Milena en el restaurante Patricia simplemente nos encanta, desde el arroz blanco hasta el plátano maduro frito.

Para mí, entrar en un mercado es conectar a través de la comida; es el elemento unificador de la vida, una necesidad que todas las personas tenemos: comer. Independientemente de dónde vengamos o a dónde vayamos.

Verduras en mercado bogotano – Foto: Ale Regidor
Verduras en mercado bogotano – Foto: Ale Regidor

Los colores del mercado son cautivadores; frutas, vegetales, productos y personas de todas las regiones del país confluyen, llegan y se van; siguen su camino diciendo más de su gente y sus realidades que cualquier noticia, guía o programa sobre el país.

Nunca nos imaginamos que en una ciudad tan grande las relaciones fueran tan cercanas, ni tan cálidas como deliciosa es su comida.

En las plazas de mercado hemos encontrado esos espacios donde conectar con las personas, encontrar productos a un precio razonable y perdernos entre los colores de los que hay en este periodo del año. Sumercé se escucha de la boca de las personas que allí venden sus productos, a veces hay ñapa para concretar el acuerdo en común, un regalo pequeño como agradecimiento de la compra, una forma de decir gracias más allá de las palabras.

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En Latinoamérica el corazón de las relaciones sociales es la comida, el punto de encuentro entre las personas, acá en Bogotá no es la excepción; hay comida por todo lado, desde la comida callejera que nos acompañó en nuestro recorrido hacia el mercado como dentro de este. Según nos contaban mucha de esta cultura surge de las grandes distancias que existen y la necesidad de evitar desplazarse en una ciudad tan grande como lo es esta.

Ajíes y especias en mercado bogotano – Foto: Ale Regidor

Mientras recorremos los pasillos vemos movimiento de lado a lado, nos llaman para que visitemos sus puestos. Pasamos entre fruterías y ventas de arepas, hay torres de vegetales en cada rincón y los sacos de papa parecieran estar esperando ser vaciados. Hongos, cubios, lulos, pimentones y maíz; nombres y sabores nuevos y otros que ya conocemos, hay de todo.

La hora del almuerzo llega sin demora, las barras de los restaurantes se colman de personas y los espacio se hacen escasos; David y yo nos sentamos en nuestro espacio favorito en aquel lugar, frente a las potentes estufas del restaurante, con sus incontables comidas preparadas horas antes de nuestra llegada que van desde vegetales del mercado hasta carnes de consumo tradicional en la región, el calor se siente y el hambre también.

Sopa en mercado bogotano – Foto: Ale Regidor
Plato corriente en mercado bogotano – Foto: Ale Regidor

El plato corriente es el centro del día a día, es el plato accesible que da la energía parIa todo lo que se debe hacer en esta agitada ciudad; trae una sopa de los ingredientes a disposición, a veces algo tradicional, a veces algo nuevo, y acá las sopas tienen corazón y alma. Una entrada de sopa, puede ser cuchuco de trigo o quizás un sancocho, depende del día y del movimiento que haya.

El plato principal es variado como el mercado en sí. Le decimos a Ana Milena lo que deseamos, ella toma sus cucharones y arma el plato, al instante nos llega la comida caliente; no hay tiempo de nada solo de comer, caliente, fresco y delicioso, todo elaborado con un sentir de pertenencia en un lugar que no nos pertenece los platos servidos quedan vacíos.

Se llena el almuerzo y luego todo se tranquiliza. Las palabras van y vienen entre Ana Milena, David y yo, nos dejamos llevar. La hora de almuerzo se convierte en dos entre historias y anécdotas. Al rato llegan más clientes, damos espacio, pagamos y nos despedimos de ella. Desde ese momento extrañamos su compañía y su comida, nos movemos hacia la salida del mercado, deseando volver incluso antes de irnos.

POQ